Leyenda cajamarquina: Los duendes del socavón real

𝗟𝗢𝗦 𝗗𝗨𝗘𝗡𝗗𝗘𝗦 𝗗𝗘𝗟 𝗦𝗢𝗖𝗔𝗩Ó𝗡 𝗥𝗘𝗔𝗟
Sucedió hace mucho tiempo, cuando don Gabriel Aragón, natural de España, fue por primera vez de Micuypampa al Purgatorio. Llevaba, por encargo, dos capachos y una comba para una de las minas del Purgatorio.

Entre esos dos pueblos, al pie del cerro Jesús, pegado al río, quedaba el socavón Real que, por alguna razón, aquellos días no era trabajado.
El camino pasaba sobre aquel socavón donde vivía un duende, según algunos: amarillo como  El Oro, ojos claros y del tamaño de un costal de papas. Era el final de la tarde cuando don Gabriel pasaba por allí.

Andaba distraído, porque así era don Gabriel, Cuando oyó que una mujer gritaba pidiendo auxilio. A toda voz pedía que la salvaran, que ya se ahogaba en el río. Don Gabriel, aunque a veces distraído, era atento; asomó su cabeza para mirar el río y vio a la mujer que se ahogaba. Bajó corriendo dejando lo que llevaba. Apresurado fue a socorrerla.

Logró, con gran esfuerzo, sacarla y salvarla de que se ahogara. “Que hermosa dama”, pensó teniéndola entre sus brazos.
“No he visto en Micuypampa otra tan bella como ella. ¿ será del purgatorio?”.
Le prestó su saco para abrigarla. Podía haber sido distraído, pero en asunto de mujeres nadie ganaba a don Gabriel Aragón.

La mujer, una vez recuperada, y en gratitud, le dio un beso a don Gabriel mientras las campanas de la iglesia del purgatorio anunciaban las seis de la tarde.

Ahí nomás, del fondo de la mina, se oyó como un aullido infernal: salió el duende que era esposo de la mujer aquella: pequeño, blanco, ojos azules, grueso, de casco negro y botas doradas, brillante como espejo; así era en realidad.
Endemoniado, le reprochó el haber besado a su mujer, madre de sus hijos que vivían en otros socavones.

Don Gabriel no supo qué hacer. Trato de disculparse, de decirle que fue ella quien lo besó. Nada calmó al duende que de un solo empujón lo metió al socavón Real junto a su esposa. Mientras eso pasaba, aquella mujer ya era un ser pequeño y plateado de ojos rojos que entró con ellos.
Así era como los duendes de los socavones capturaban a la gente para trabajar en lugares donde nadie podía llegar.

Los días siguientes, las campanas del Purgatorio sonaron tratando de que don Gabriel Aragón apareciera, pero eso nunca sucedió; por eso se dice que, en una galería del socavón Real, hay una inscripción donde aún se lee: “Por aquí pasó el español Gabriel Aragón directo al infierno, sin haber conocido el Purgatorio”. (Del libro “Hualgayoc, riqueza y tradición” de William Guillén Padilla. Pg. 290,291, Artesano, 2019).

Versión a partir de relatos orales de Zoila Zúñiga Alarcón y Margarita Espinoza Vásquez.
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